De pronto, despierto. Acosado, Ahogado, Anonadado.
¿Qué ocurre?
Mi morada me ataca. Sus raíces me hacen cosquillas, me hablan, me intimidan, me destruyen.
Mi mente se enrojece, se acalora, grita, enloquece.
El Pánico se apodera de mi alma, no lo puedo evitar; lo siento, es algo versátil, volátil, viene y va, vuela y aterriza, entra y sale, corre y gatea, enterrando sus tétricas garras en mi pecho, en mi corazón. Recorre cada movimiento, cada espacio, cada carne, dejando temor y constricción.
Todo parece ir hacia abajo, todo parece destruirse, llegando a su final decisión, su final manifiesto, su interpelación con Dios. Todo parece enrollarse, como una implosión que reduce al cielo y a la tierra a su mínima expresión.
Las paredes se vuelven blancas, rojas, amarillas, negras, verdes; aparece concreto, ventanas, rejas, ladrillos rojos, multicanchas, autos, avenidas estrechas, estatuas, parques que alzan sus armas hacia la eterna patria divina.
Veo rostros de doctores, niños grises, niños uniformados, niños conocidos, niños con cada nombre aprendido, jóvenes eruditos, jóvenes decididos, jóvenes atemorizados, pedagogos, directores.
Veo alegría, inocencia, disciplina, amor, responsabilidad, diversión.
Veo un halcón negro, un conejo y un diablo, corriendo, saltando, bailando, peleando, riendo, jugando.
Escucho gritos:
“¡Camarón Hurra!”, “¡Camarón por siempre!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
“¡Y dale, y dale, y dale diablo dale!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
Desaparecen, fue una visión inesperada. Siento algo… una alegría explicable, no sé que me pasa, pero definitivamente el placer mas grande que he sentido en toda mi vida, ver a mis cónyuges, a mis colegas, a mis pequeños. Extraño sentimiento, como si dos almas me hubieran entregado su alegría infinita; se multiplica, el pan que los alimentó ahora se reproduce por el monte, impartiendo el secreto más grande de mi muerte.
Lo he descubierto. Ahora que el tiempo ya no me sirve, ahora que el espíritu conforma todo mi ser.
Mi ventana habla, me pide que la siga.
Las ramas me sueltan y me empujan.
Es última vez que la veo. Mi hogar, mi vida privada, Murallas amarillas de todos colores. Mis ídolos sonríen, alzan su mano con un movimiento de despedida. No los veré más: el escenario, las luces, la guitarra, los gritos, los saltos, las poleras negras, el pelo largo, el virtuosismo, la inspiración.
13 razas distintas, todas humanas, que conviven en una misma filosofía, un mismo carisma, implantas sus congregaciones, sus ministerios, apreciados por todos los sabios, los inteligentes, los vivos, los buenos y los malos.
El espíritu mismo se despide, a través de su séquito de interpretadores y de monjes del arte.
Mi adiós derrama gotas de agua y de sangre, es tanta mi melancolía que mis heridas se abren por las manos de la muerte, que ríe y llora con sus siete hachas y siete luces.
Una larga y espesa escalera se abre paso al salir de mi vida, los últimos adioses son dictados por mi comunidad, por mi sol filtrado y entrecortado.
Subo cada tierno escalón con miedo y valentía, las nubes me miran y susurran entre ellas, parece que los prejuicios se extendieron hasta en las alturas, ¡no me extraña!
Veo una reja azul que se abre para mí.
La luz está de fiesta y las invitaciones llegan por los ojos y los reflejos.
Mi querido amigo de bigote bien cultivado se ríe y me indica que siga el prado. Lo traspaso.
¿Qué ocurre? Veo un escritorio al final del tedioso sendero, vacío. Pensé que tendría un martillo de madera y una peluca gris, pero simplemente una pluma pesada, una tinta invisible y un pergamino eterno ejercían fuerza sobre el acogedor escritorio.
Me senté.
Nada ocurrió, no se desplomó, no desperté, no me ataco nada.
Esperé unos minutos por mi General o por mi Arquitecto, nunca llegaron, no estaban allí, nunca estuvieron allí.
Siempre quise escribir algo, pero el ocio triunfó sobre la inteligencia. Pero ahora, que el ocio uniformado se había esfumado en un avión y se había perdido en unas montañas nevadas, podía cumplir mi sueño.
Tomé la pluma con excitación y comencé a escribir sobre la vida, sobre mis niños, sobre mis hermanos, mis compañeros. La tinta transparente se reía con cada comentario, con cada copucha, con cada hecho.
Escribí y escribí, el ansioso pergamino no terminaba nunca y me exigía cada vez más, me corregía y me alentaba.
De repente observo algo a lo lejos. Sonrío y mi boca llora de alegría.
Todos mis seres queridos, mis enemigos, todos los que alabé y envenené en mi único escrito, ahora aparecían en la pradera. Cayó nieve, y ésta se posó amigablemente sobre mi hombro.
Me vieron y me extendieron la mano, aliñando con una sonrisa paciente, silenciosa y satisfecha.
Sonreí de nuevo.
Había creado.
En honor a Francisco Medina y a Luis San Martín,
Que ahora pueden crear.
Que en paz descansen, verbitas e ignacianos de corazón.
¿Qué ocurre?
Mi morada me ataca. Sus raíces me hacen cosquillas, me hablan, me intimidan, me destruyen.
Mi mente se enrojece, se acalora, grita, enloquece.
El Pánico se apodera de mi alma, no lo puedo evitar; lo siento, es algo versátil, volátil, viene y va, vuela y aterriza, entra y sale, corre y gatea, enterrando sus tétricas garras en mi pecho, en mi corazón. Recorre cada movimiento, cada espacio, cada carne, dejando temor y constricción.
Todo parece ir hacia abajo, todo parece destruirse, llegando a su final decisión, su final manifiesto, su interpelación con Dios. Todo parece enrollarse, como una implosión que reduce al cielo y a la tierra a su mínima expresión.
Las paredes se vuelven blancas, rojas, amarillas, negras, verdes; aparece concreto, ventanas, rejas, ladrillos rojos, multicanchas, autos, avenidas estrechas, estatuas, parques que alzan sus armas hacia la eterna patria divina.
Veo rostros de doctores, niños grises, niños uniformados, niños conocidos, niños con cada nombre aprendido, jóvenes eruditos, jóvenes decididos, jóvenes atemorizados, pedagogos, directores.
Veo alegría, inocencia, disciplina, amor, responsabilidad, diversión.
Veo un halcón negro, un conejo y un diablo, corriendo, saltando, bailando, peleando, riendo, jugando.
Escucho gritos:
“¡Camarón Hurra!”, “¡Camarón por siempre!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
“¡Y dale, y dale, y dale diablo dale!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
Desaparecen, fue una visión inesperada. Siento algo… una alegría explicable, no sé que me pasa, pero definitivamente el placer mas grande que he sentido en toda mi vida, ver a mis cónyuges, a mis colegas, a mis pequeños. Extraño sentimiento, como si dos almas me hubieran entregado su alegría infinita; se multiplica, el pan que los alimentó ahora se reproduce por el monte, impartiendo el secreto más grande de mi muerte.
Lo he descubierto. Ahora que el tiempo ya no me sirve, ahora que el espíritu conforma todo mi ser.
Mi ventana habla, me pide que la siga.
Las ramas me sueltan y me empujan.
Es última vez que la veo. Mi hogar, mi vida privada, Murallas amarillas de todos colores. Mis ídolos sonríen, alzan su mano con un movimiento de despedida. No los veré más: el escenario, las luces, la guitarra, los gritos, los saltos, las poleras negras, el pelo largo, el virtuosismo, la inspiración.
13 razas distintas, todas humanas, que conviven en una misma filosofía, un mismo carisma, implantas sus congregaciones, sus ministerios, apreciados por todos los sabios, los inteligentes, los vivos, los buenos y los malos.
El espíritu mismo se despide, a través de su séquito de interpretadores y de monjes del arte.
Mi adiós derrama gotas de agua y de sangre, es tanta mi melancolía que mis heridas se abren por las manos de la muerte, que ríe y llora con sus siete hachas y siete luces.
Una larga y espesa escalera se abre paso al salir de mi vida, los últimos adioses son dictados por mi comunidad, por mi sol filtrado y entrecortado.
Subo cada tierno escalón con miedo y valentía, las nubes me miran y susurran entre ellas, parece que los prejuicios se extendieron hasta en las alturas, ¡no me extraña!
Veo una reja azul que se abre para mí.
La luz está de fiesta y las invitaciones llegan por los ojos y los reflejos.
Mi querido amigo de bigote bien cultivado se ríe y me indica que siga el prado. Lo traspaso.
¿Qué ocurre? Veo un escritorio al final del tedioso sendero, vacío. Pensé que tendría un martillo de madera y una peluca gris, pero simplemente una pluma pesada, una tinta invisible y un pergamino eterno ejercían fuerza sobre el acogedor escritorio.
Me senté.
Nada ocurrió, no se desplomó, no desperté, no me ataco nada.
Esperé unos minutos por mi General o por mi Arquitecto, nunca llegaron, no estaban allí, nunca estuvieron allí.
Siempre quise escribir algo, pero el ocio triunfó sobre la inteligencia. Pero ahora, que el ocio uniformado se había esfumado en un avión y se había perdido en unas montañas nevadas, podía cumplir mi sueño.
Tomé la pluma con excitación y comencé a escribir sobre la vida, sobre mis niños, sobre mis hermanos, mis compañeros. La tinta transparente se reía con cada comentario, con cada copucha, con cada hecho.
Escribí y escribí, el ansioso pergamino no terminaba nunca y me exigía cada vez más, me corregía y me alentaba.
De repente observo algo a lo lejos. Sonrío y mi boca llora de alegría.
Todos mis seres queridos, mis enemigos, todos los que alabé y envenené en mi único escrito, ahora aparecían en la pradera. Cayó nieve, y ésta se posó amigablemente sobre mi hombro.
Me vieron y me extendieron la mano, aliñando con una sonrisa paciente, silenciosa y satisfecha.
Sonreí de nuevo.
Había creado.
En honor a Francisco Medina y a Luis San Martín,
Que ahora pueden crear.
Que en paz descansen, verbitas e ignacianos de corazón.
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