martes, 28 de octubre de 2008

Vuelo

Silencio. Una inspiración forzada y Diego partió en carrera hacia el cajón de arena que se encontraba 20 metros más adelante. Sentía el viento contra su cara y sabía en qué preciso momento debía tomar el impulso definitivo para saltar; al llegar a aquel punto marcado, cerca del final de la pista, se elevó con tal energía y vigor que casi se lastima, pero la sensación de volar lo cautivó mientras cruzaba por encima del espacio arenoso, hasta caer varios metros más adelante. Ese instante de concentración interna se vio interrumpido por el escándalo de sus amigos que venían alegremente a felicitarlo con frases laudatorias y grandes vítores, describiendo y exagerando su magnífico salto.

Diego solía ser humilde, y respondía con risas a los comentarios de sus amigos, aunque por dentro se sentía orgulloso de su desempeño, después de todo solo habían pasado dos fríos meses y no una infinidad de tiempo, como le parecía, desde su primer salto. La vuelta al camarín, la ducha de agua caliente, el cambio de ropa y el transcurso hasta la sala de clases se vieron empapados por la serie de bromas y comentarios que seguían dando vueltas a su actuación en la pista. Aquellos casi vulgares 4 metros de salto pronto pasaron a ser sus 5, 6 metros de vuelo; Diego dejó de ser Diego, y se convirtió en el hombre-pájaro.

De vuelta en la realidad, sentado en su banco y rodeado por el bullicio de la clase, Diego no prestaba atención sino a los zorzales que se veían pasar fugazmente cruzando el ventanal. Las palabras de alabanza de sus amigos le daban vueltas en la cabeza, mientras se imaginaba volando junto a aquellos animalitos por encima de las copas de los árboles y sorteando nubes. A la mañana siguiente, Diego no tuvo que levantarse al colegio, ya que era fin de semana, y ayudó en los quehaceres de su hogar. Particularmente, Diego seguía pensando en los acontecimientos del día anterior y le parecía que aún escuchaba a sus compañeros comentándole y extremando su actuación. Además, frases como “con aquellos brazos podrías volar” pronunciada por su madre cuando le ayudó a bajar una lata en conserva del estante; “eres tan liviano que fácilmente saldrías volando”, comentario de su padre al subirse a sus hombros para limpiar el techo; y el “estás volando por las nubes” de su abuela cuando le llamaba la atención sin que él escuchase, consiguieron aumentar el orgullo y la arrogancia que comenzaba a sentir. Sus momentos de ocio no dejaban espacio para otro pensamiento que su ya común sueño de volar; y pronto dejaron de ser meros sueños, y comenzaron a ser posibilidades. La idea de que podía volar fue albergándose en su mente; de manera absurda e infantil, riéndose de sí mismo por pensar tales cosas, pero a la vez dejando de lado la opción de apartar de sí ese sueño. Pronto volvieron las voces, los comentarios y las frases de todos aquellos que le habían puesto la idea en la cabeza y comenzaron a fortificar, cómo quién construye una muralla alrededor de una idea para que otros pensamientos no la derrumben, aquella posibilidad de volar. Poco a poco dejó totalmente de ser una posibilidad y se asentó en su mente como totalmente realizable, y de hecho, el siguiente paso fue comenzar a pensar en qué momento y donde realizaría su próximo vuelo.

No necesitaba comentárselo a nadie, pues ya sabía por adelantado que todos lo alentarían en su empresa, como lo habían animado hace poco tiempo con todas esas frases y comentarios. Sabía de antemano que todos querrían ir a verlo volar, por lo que, con lo modesto que era (que solía ser) prefería hacerlo solo, sin la presión de todos mirando. Decidió entonces realizar su siguiente vuelo en aquel monte, colindante al pueblo, que solía ser objetivo de paseos y salidas por su agradable ambiente de tranquilidad, paz y armonía natural.

Emprendió pues, el camino que lo separaba del monte veloz en su bicicleta; y mientras sentía el aire golpeándole el rostro se le venía a la cabeza el recuerdo de su magnífico vuelo preliminar sucedido hace no mucho, en donde ahora se daba cuenta que solamente había estado demostrando una diminuta parte de sus capacidades reales. En aquella pendiente que viene antes de la subida del cerro, Diego tomó vuelo y se dejó llevar por la gravedad; soltando el manubrio abrió los brazos y simuló aletear, fingiendo que ya no sentía la bicicleta bajo su cuerpo. Este pequeño juego no hizo más que estimularlo a correr hacia la zona más elevada de lo que el monte permitía, y comenzar a prepararse para su vuelo. Sabía que no sería el primero en hacerlo, no tenía sentido que sólo él fuera el único en poder lograrlo; pues sabía que alcanzando el vuelo, iría a cualquier lugar alejado de la cotidianidad de su vida, donde estarían todos aquellos como él que viven felices en su propio mundo.

Preparándose mentalmente para su actuación, notó en el cielo una bandada de golondrinas que migraban a ese lugar feliz donde pronto Diego les seguiría. Se sintió avergonzado de ver que todas sus próximas compañeras de vuelo se elevaban desnudas tal como Dios las había puesto en el mundo; y acto seguido se despojó de todo lo que consigo llevaba, se olvidó de aquella vida terrenal y se situó a una serie de metros del acantilado más cercano. Esperó, escuchó: silencio. Efectuó una inspiración forzada, y partió corriendo hacia el borde del monte, ahí, en aquel punto marcado por la conclusión de la tierra, tomó un impulsó vigoroso y enérgico y se lanzó con la seguridad de quien sabe que la vida es más que tan solo una rutina.

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