La nieve se apoderaba de todo el terreno, caía de forma chillona, alegre y el suelo respondía con una fiel acogida y se abrigaba del frío polar. Rocas, plantas, planicies, montañas, todo lo inerte junto con los osos, las focas y gaviotas, recibían la invitación a la gélida fiesta y se divertían albergando al blanco invasor, proveniente de unas manchas grises que ocultaban un camino estelar transitado por diminutos viajeros, que producían con sus movimientos todos los colores del arcoiris. Lástima que los seres terrenales no pudieran presenciar este espectáculo de colores generado simplemente por el tráfico entre la Tierra y el Universo; pero ellos tenían su propia celebración, aunque menos hermosa, pero alegre.
Disfrutaban diariamente el rito de la naturaleza, la helada velada que les entregaba un panorama bastante común a los osos: devorar focas, dormir y caminar perezosamente por el amplio valle cubierto de frío y de una blancura digna de ser observada; actividades que, con la caída de nieve, se convertía en una agenda bastante más movida, bastante mas entretenida. El hecho de correr sintiendo los copos en la espalda, de caerse en el suelo sobre poblado, de enterrarse en la tierna nieve, hacía de sus aburridas vidas una hermosa fotografía.
Hacia el oeste, el camino era amplio, plano y tranquilo; paralelamente, al norte y al sur, las montañas celestiales, protectoras, reinas del Polo norte, dominaban el valle y a todas las criaturas que le ofrecían fidelidad al reino, sacrificando otros animales para sobrevivir, para serle fiel también a la cadena que amarró perpetuamente a sus ancestros. Más adelante, siguiendo el despertar de la estrella divina, como meta final del transitado del valle, se encontraba el mar, que había separado el reino nevado del reino civilizado y que crecía cada vez más con la muerte y el ahogo de los guardianes de la frontera. El mar era otro país, otro territorio, donde las aves de tez contrastada jugaban en el agua nadando a velocidades impresionantes, a hacer figuras, a competir y a explorar.
Sobre la sala de juegos, los guardianes, sostenidos por su propio cuerpo que flotaba en las profundidades, vigilaban el horizonte con una mirada indiferente, orgullosa, bastante común por su naturaleza.
Pero había un pilar distinto de los demás, que observaba con su único ojo de forma distinta, que recibía la luz del sol directamente por el orificio de su arco, que la transformaba antes de llegar al agua en un destello de calor, de alegría, de luz y de tranquilidad a la vez. Era un macizo de hielo que observaba con inquietud, a través del arco en su cabeza, el amanecer y que lo transformaba en la alarma despertadora de todo el reino nevado. A través de sus columnas resbaladizas, la luz cambiaba de aspecto, cambiaba de tono, de brillo, para volverse una luz terrenal, una luz filtrada por la mismísima naturaleza y condicionada para entrar en la Tierra. ¿Qué tendrá ese arco en su interior, que puede hasta controlar el mundo entero, por su simpleza, por su capacidad de transformar la luz con su don natural? Nada nunca lo sabrá. Porque ahora la atención está en matar a los guardianes que protegen la naturaleza celestial; la atención está en apoderarse de este reino prohibido e inalcanzable, de sus súbditos, de sus reinas, de sus fronteras; por gusto, por ambición, por miedo, por paranoia, por egoísmo, por un “espíritu aventurero” que en realidad deja desastres en cada paisaje, por esa modernización que transforma cada postal en una foto de reportaje sobre desastres ecológicos.
¿Qué habrá adentro de ese arco?, quizás un nuevo mundo, quizás un nuevo sentimiento, un nuevo reino, quizás el ser y el no-ser que nos vigilan en cada una de nuestras acciones a través del sendero. Quizás ahí está la respuesta que necesita el hombre, en un lugar completamente natural, en una arquitectura perfecta y sobrehumana construida por El rey de las reinas del cielo y de la nieve.
Qué envidia por los osos y las aves nadadoras, que pueden presenciar la cuidad helada todos los días de sus vidas. Qué envidia por ellos, que pueden disfrutar de un paisaje paradisiaco todos los días de sus vidas. Es el único lugar donde pueden vivir y es el único Edén de verdad, el único lugar donde los animales se ríen de nosotros y de nuestra contaminación, el único lugar donde podríamos ser felices, y aún así, nos lo arrebataremos por completo algún día.
¿Cuál será la respuesta que alberga el Arco? Sólo los osos la saben y nosotros simplemente los enterramos en la nieve y en el mar.
Disfrutaban diariamente el rito de la naturaleza, la helada velada que les entregaba un panorama bastante común a los osos: devorar focas, dormir y caminar perezosamente por el amplio valle cubierto de frío y de una blancura digna de ser observada; actividades que, con la caída de nieve, se convertía en una agenda bastante más movida, bastante mas entretenida. El hecho de correr sintiendo los copos en la espalda, de caerse en el suelo sobre poblado, de enterrarse en la tierna nieve, hacía de sus aburridas vidas una hermosa fotografía.
Hacia el oeste, el camino era amplio, plano y tranquilo; paralelamente, al norte y al sur, las montañas celestiales, protectoras, reinas del Polo norte, dominaban el valle y a todas las criaturas que le ofrecían fidelidad al reino, sacrificando otros animales para sobrevivir, para serle fiel también a la cadena que amarró perpetuamente a sus ancestros. Más adelante, siguiendo el despertar de la estrella divina, como meta final del transitado del valle, se encontraba el mar, que había separado el reino nevado del reino civilizado y que crecía cada vez más con la muerte y el ahogo de los guardianes de la frontera. El mar era otro país, otro territorio, donde las aves de tez contrastada jugaban en el agua nadando a velocidades impresionantes, a hacer figuras, a competir y a explorar.
Sobre la sala de juegos, los guardianes, sostenidos por su propio cuerpo que flotaba en las profundidades, vigilaban el horizonte con una mirada indiferente, orgullosa, bastante común por su naturaleza.
Pero había un pilar distinto de los demás, que observaba con su único ojo de forma distinta, que recibía la luz del sol directamente por el orificio de su arco, que la transformaba antes de llegar al agua en un destello de calor, de alegría, de luz y de tranquilidad a la vez. Era un macizo de hielo que observaba con inquietud, a través del arco en su cabeza, el amanecer y que lo transformaba en la alarma despertadora de todo el reino nevado. A través de sus columnas resbaladizas, la luz cambiaba de aspecto, cambiaba de tono, de brillo, para volverse una luz terrenal, una luz filtrada por la mismísima naturaleza y condicionada para entrar en la Tierra. ¿Qué tendrá ese arco en su interior, que puede hasta controlar el mundo entero, por su simpleza, por su capacidad de transformar la luz con su don natural? Nada nunca lo sabrá. Porque ahora la atención está en matar a los guardianes que protegen la naturaleza celestial; la atención está en apoderarse de este reino prohibido e inalcanzable, de sus súbditos, de sus reinas, de sus fronteras; por gusto, por ambición, por miedo, por paranoia, por egoísmo, por un “espíritu aventurero” que en realidad deja desastres en cada paisaje, por esa modernización que transforma cada postal en una foto de reportaje sobre desastres ecológicos.
¿Qué habrá adentro de ese arco?, quizás un nuevo mundo, quizás un nuevo sentimiento, un nuevo reino, quizás el ser y el no-ser que nos vigilan en cada una de nuestras acciones a través del sendero. Quizás ahí está la respuesta que necesita el hombre, en un lugar completamente natural, en una arquitectura perfecta y sobrehumana construida por El rey de las reinas del cielo y de la nieve.
Qué envidia por los osos y las aves nadadoras, que pueden presenciar la cuidad helada todos los días de sus vidas. Qué envidia por ellos, que pueden disfrutar de un paisaje paradisiaco todos los días de sus vidas. Es el único lugar donde pueden vivir y es el único Edén de verdad, el único lugar donde los animales se ríen de nosotros y de nuestra contaminación, el único lugar donde podríamos ser felices, y aún así, nos lo arrebataremos por completo algún día.
¿Cuál será la respuesta que alberga el Arco? Sólo los osos la saben y nosotros simplemente los enterramos en la nieve y en el mar.
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