martes, 28 de octubre de 2008

Mi Bosque

Érase una vez un bosque mágico escondido entre las nieblas de un profundo valle, donde solo los niños más valientes podían encontrarlo. Afortunados eran aquellos que en el día y guiados por el sol, utilizaban toda su destreza para lograr admirar las colosales figuras de millares de árboles en todo su esplendor. Cuentan algunos pequeños aventureros que si tienes paciencia y un corazón puro y bueno podrás observar a los árboles moverse. Los verás saludándose unos a otros con enérgicas palmadas amistosas, pues son todos amigos y hermanos, y no pelean entre ellos. Los encontrarás abrazando con cariño las familias de pajaritos y ardillas, que son sus mascotas queridas y amadas, y estarán dándoles de comer. Los escucharás conversarse unos a otros, decirse lo inentendible; hablar lo inexpresivo; murmurar de lo eterno, de lo efímero y de lo presente; susurrar lo que callamos, lo que no hacemos y lo que sentimos. Y si los visitas un buen día, cuando el sol esté cansado y la luna aun maquillándose, los hallarás bailando y moviendo sus trajes de seda. Divinas son sus vestimentas de fiesta, elaborados según el calendario de celebraciones: Verde luminoso y brillante cálido en el verano, café y anaranjado oscuro en el otoño, transparente y desnudo sombrío en el invierno, y de los colores más hermosos imaginables en su cumpleaños la primavera. Bailarán al compás de un viento acelerado si están de fiesta, en cambio un soplo triste y lento los hará recordar una muerte y una pérdida. Agitarán sus vestidos al son de la brisa, coordinados todos en una espléndida armonía. Si estás de suerte, te invitarán a acompañarles, y te moverás y bailarás y girarás y correrás y saltarás como ellos, con alegría y gozos inmensos, sin miedos que puedan asustarte. Te contarán sus historias, sus amores y sus miedos; te dirán que lloran cada mañana antes de que salga el sol, para que él no los vea, y que espantan a los niños pequeños en las noches, para que vuelvan a sus hogares. Te harán reír, llorar y cantar; pero cuidado, no debes quedarte hasta muy tarde, pues si la luna te descubre desde su atalaya nocturna con su séquito de brillantes observadores, será ya muy tarde, y deberás regresar al mundo real donde te esperarán las responsabilidades para hacerte olvidar el camino de regreso al bosque.

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