Érase una vez un bosque mágico escondido entre las nieblas de un profundo valle, donde solo los niños más valientes podían encontrarlo. Afortunados eran aquellos que en el día y guiados por el sol, utilizaban toda su destreza para lograr admirar las colosales figuras de millares de árboles en todo su esplendor. Cuentan algunos pequeños aventureros que si tienes paciencia y un corazón puro y bueno podrás observar a los árboles moverse. Los verás saludándose unos a otros con enérgicas palmadas amistosas, pues son todos amigos y hermanos, y no pelean entre ellos. Los encontrarás abrazando con cariño las familias de pajaritos y ardillas, que son sus mascotas queridas y amadas, y estarán dándoles de comer. Los escucharás conversarse unos a otros, decirse lo inentendible; hablar lo inexpresivo; murmurar de lo eterno, de lo efímero y de lo presente; susurrar lo que callamos, lo que no hacemos y lo que sentimos. Y si los visitas un buen día, cuando el sol esté cansado y la luna aun maquillándose, los hallarás bailando y moviendo sus trajes de seda. Divinas son sus vestimentas de fiesta, elaborados según el calendario de celebraciones: Verde luminoso y brillante cálido en el verano, café y anaranjado oscuro en el otoño, transparente y desnudo sombrío en el invierno, y de los colores más hermosos imaginables en su cumpleaños la primavera. Bailarán al compás de un viento acelerado si están de fiesta, en cambio un soplo triste y lento los hará recordar una muerte y una pérdida. Agitarán sus vestidos al son de la brisa, coordinados todos en una espléndida armonía. Si estás de suerte, te invitarán a acompañarles, y te moverás y bailarás y girarás y correrás y saltarás como ellos, con alegría y gozos inmensos, sin miedos que puedan asustarte. Te contarán sus historias, sus amores y sus miedos; te dirán que lloran cada mañana antes de que salga el sol, para que él no los vea, y que espantan a los niños pequeños en las noches, para que vuelvan a sus hogares. Te harán reír, llorar y cantar; pero cuidado, no debes quedarte hasta muy tarde, pues si la luna te descubre desde su atalaya nocturna con su séquito de brillantes observadores, será ya muy tarde, y deberás regresar al mundo real donde te esperarán las responsabilidades para hacerte olvidar el camino de regreso al bosque.
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