Ahora que miro el lago digo y digo cosas, me doy el gusto de pensar, sé que se va a enojar si lo hago, pero no me importa, al fin y al cabo, es algo que nadie puede controlar. ¿Por qué será que aquí, precisamente aquí, me doy el gusto de pensar? Yo generalmente no pienso las cosas, simplemente las hago. Veo las plantas y las piso, veo la madera y la quemo, veo a mi madre y le grito, veo mis libros y los tiro, veo mi lápiz y me rayo la cara. ¿Y por qué tengo tantas cosas que me hacen más difícil vivir la vida de manera más espontánea, sin pensar? Siempre me gustó vivir la vida de manera simple, sin tener que tomar decisiones importantes, y siempre me gustó vivir disfrutando solamente los pequeños momentos, las alegrías pasajeras, y por supuesto sin retenerlas en el recuerdo, sólo vivirlas en el momento, al igual que el jazz. Nadie se acuerda de una melodía de jazz, sólo la disfruta en el momento; al igual que un beso, nadie se acuerda cómo es, pero aún así la gente cree recordar cosas que nunca va a volver a saber cómo son, a menos que la espontaneidad se las traiga en una bandada de pájaros y cada uno agarre la que más le guste.
Se preguntarán cómo soy capaz de escribir cosas tan coherentes si en mis acciones parezco cualquier imbécil, ni yo mismo lo sé, quizás este nuevo ambiente me tiene encadenado en la profundidad de la reflexión, de los libros, de las analogías, de la naturaleza, del pensar. Quizás me da miedo mostrarme como no soy, frente a la antigua opulencia natural, frente a una verdad tan concreta como es la naturaleza del bosque y del lago. Quizás ahora que no estoy sometido a la verdadera sociedad cotidiana, puedo pensar, puedo meditar las cosas y puedo escribir. No sé, algún hechizo debe tener este hermoso lago, quizás la lluvia (que a estas alturas del año es desconocida para mí), quizás el frío ha permitido que mis neuronas tiriten y funcionen. Por eso me gusta más el frío, porque le permite a uno estar más activo, con ganas de correr, con ganas de abrigarse, de taparse, de tiritar de nerviosismo.
¿Por qué puedo ser como en verdad soy, en un ambiente donde todo lo que yo rechazo se apodera de cada rincón de mi mirada?, ¿Acaso mi mente se amansa y se relaja frente a tantos enemigos?, ¿O acaso estoy viendo el verdadero sentimiento de profundidad que nunca pude observar en mi vida? Puede ser que la soledad, que los recuerdos (que ahora se les ocurre acompañarme), han permitido que me dé cuenta que mi vida ha estado llena de felicidad, y me han hecho pensar solamente en hechos reconfortantes, porque cuando los he vivido, no pensaba que saldrían mal o que me traerían problemas.
Ahora siento alegría con sólo ver un pequeño ternero revolcándose en el pasto, ahora lloro de felicidad sólo con ver nubes que riegan el gran y majestuoso lago, que da vida, que da sustento, albergue, frío y calidez.
Ahora es la naturaleza la que moldea mi ser, un ser más puro. Ahora es la música la que me marca el sendero y un sueño más dulce y rítmico. Basta de ruidos, de murmullos, de desconfianza, de extrañeza, de guerra, de aire contaminado.
Ahora que vivo alrededor de plantas, de árboles, de madera; ahora que leo mis libros, ahora que escribo, ahora que convivo en paz con mi familia, me doy cuenta que la vida no es una espontaneidad. No hay que tenerle miedo al pensar, no hay que temer de la reflexión, simplemente tienes que vivir dándote cuenta que vives.
Se preguntarán cómo soy capaz de escribir cosas tan coherentes si en mis acciones parezco cualquier imbécil, ni yo mismo lo sé, quizás este nuevo ambiente me tiene encadenado en la profundidad de la reflexión, de los libros, de las analogías, de la naturaleza, del pensar. Quizás me da miedo mostrarme como no soy, frente a la antigua opulencia natural, frente a una verdad tan concreta como es la naturaleza del bosque y del lago. Quizás ahora que no estoy sometido a la verdadera sociedad cotidiana, puedo pensar, puedo meditar las cosas y puedo escribir. No sé, algún hechizo debe tener este hermoso lago, quizás la lluvia (que a estas alturas del año es desconocida para mí), quizás el frío ha permitido que mis neuronas tiriten y funcionen. Por eso me gusta más el frío, porque le permite a uno estar más activo, con ganas de correr, con ganas de abrigarse, de taparse, de tiritar de nerviosismo.
¿Por qué puedo ser como en verdad soy, en un ambiente donde todo lo que yo rechazo se apodera de cada rincón de mi mirada?, ¿Acaso mi mente se amansa y se relaja frente a tantos enemigos?, ¿O acaso estoy viendo el verdadero sentimiento de profundidad que nunca pude observar en mi vida? Puede ser que la soledad, que los recuerdos (que ahora se les ocurre acompañarme), han permitido que me dé cuenta que mi vida ha estado llena de felicidad, y me han hecho pensar solamente en hechos reconfortantes, porque cuando los he vivido, no pensaba que saldrían mal o que me traerían problemas.
Ahora siento alegría con sólo ver un pequeño ternero revolcándose en el pasto, ahora lloro de felicidad sólo con ver nubes que riegan el gran y majestuoso lago, que da vida, que da sustento, albergue, frío y calidez.
Ahora es la naturaleza la que moldea mi ser, un ser más puro. Ahora es la música la que me marca el sendero y un sueño más dulce y rítmico. Basta de ruidos, de murmullos, de desconfianza, de extrañeza, de guerra, de aire contaminado.
Ahora que vivo alrededor de plantas, de árboles, de madera; ahora que leo mis libros, ahora que escribo, ahora que convivo en paz con mi familia, me doy cuenta que la vida no es una espontaneidad. No hay que tenerle miedo al pensar, no hay que temer de la reflexión, simplemente tienes que vivir dándote cuenta que vives.
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