Junto a la hoguera de la noche,
Veo construir un viaje sordo.
Las palabras son de piel fría.
De olvido y de melancolía.
Recuerdos de un fin feliz,
Amargan la paz.
Quizás ya no hay libertad,
Por vivir en sueños.
Miedo y desesperación,
Temor, nostalgia y pasión.
Moran entre los dos.
Ayúdanos por favor.
Hay que escapar del hogar,
Y del río natal.
Velar por nuestros sueños,
Manchados con carbón.
Vivir lejos del pasado,
Buscar un porvenir.
Ver más allá del poseer,
Ver más allá del contener.
Viajar, caminar.
Rezar, proclamar.
Soñar.
Buscar en ti, encontrar.
La verdad detrás.
Sonreír, resistir.
Proteger, luchar.
Las estrellas retienen mi dolor,
Nos consuelan con la melodía de la noche.
¿Por qué decidí dejar mi hogar?
Ahora sólo nos queda por él luchar.
Hay que buscar la nueva tierra.
Nueva vida que nos de seguridad.
Lucharemos por la sabiduría y por la paz.
Brindaremos la victoria a nuestra libertad.
En este viaje la realidad cambiará.
Cruzada que nos hallará la respuesta.
Dudas que se aclararán con el mar.
Cruzada que nos dará la verdad.
Toma mi mano y caminaremos.
Por la senda destinada para ti.
Lucharemos juntos en la batalla.
En la cruzada por la libertad.
La brisa trae,
Un nuevo sentimiento,
Un nuevo mandamiento,
Para vivir.
Déjate llevar.
Por lo natural.
Por el azar.
Por la libertad.
Eres libre de controlar.
De vivir y de jugar.
Ahora busca en las hojas.
Para encontrar tu hogar.
En la cima podrás estar.
Sólo busca la fuerza,
En los que te rodean.
En los que te atacarán.
sábado, 31 de enero de 2009
jueves, 29 de enero de 2009
Musica?
No podía parar, su mente era como un torbellino que devoraba, que consumía, que retenía y revolvía todo tipo de emociones, ya estaba acostumbrado, pero aún no sabía por qué le ocurría. Últimamente no había estado tan activo, se sentía mal porque no creaba, porque no veía la luz en su mente. Cuando escuchaba su música, se cerraba en sus pensamientos: “¿Por qué me siento así?, no he podido trabajar conforme en estos últimos días, casi todo lo que he creado no me ha dejado conforme, aunque ahora que lo pienso, no ha sido del todo un fracaso, esas melodías podrían mejorarse, sí, podría cambiar el tono y quizás mejore. Podría agregarle otra guitarra más para poder complementar, o quizás un piano le daría más emoción. Sí, un piano estaría bien, podría acompañar y a la vez guiar, sí, como éste, podría también agregarle un ritmo pegajoso, para darle un énfasis alegre a la canción, sí, eso es.” Y así era que avanzaba. La música que escuchaba le permitía activar su imaginación, pareciera como si las vibraciones golpearan en su mente, despertando y tratando de rejuvenecer temporalmente al infinito. “Sí, eso es, un acompañamiento de violines, luego un pequeño punteo, un dueto de teclado y de bajo, cambio de ritmo, ¡perfecto!”. Pero cuando dejaba de lado su reproductor de música empezaba a decaer. Se sentía apagado, sentía soledad, confusión; pensaba que todo lo que había hecho no tendría futuro, o quizás aburriría a los demás. Él vivía de la música, él la necesitaba siempre que quería realizar cosas, siempre que quería crear, porque le permitía abrirse, conectarse con una corriente que no paraba, que lo sostenía, le daba ánimos e ideas. Ahora él se había dado cuenta. La música estaba con él ahora, acompañándolo y dándole ideas y nuevas melodías. “Sí, creo que con eso está bien, no parece haber ningún error con la composición, la escritura parece limpia. Tiene mucho sentido lo de la música, sí. Es larga esta canción, pero es muy buena, sus ritmos, sus cambios, su progresividad son muy atractivos. Ojalá lo sea también este escrito mío, sobre algo más que música, torbellinos, pensamientos y perfección”.
sábado, 24 de enero de 2009
Octaedro
Parecía un hombre bastante normal, que parecía llevar una vida simple, siempre consagrada a su trabajo, a su familia, a la escritura y a la música. Vivía con muchas comodidades, en un hogar acogedor, sin muchas deudas, sin problemas aparentemente. Pero mucha gente que lo llegaba a conocer sentía algo extraño, como si él no sólo fuera un hombre normal, sino varios hombres normales, como si aparentara ser una persona, siendo en realidad la mezcla de varias personalidades, todas distintas y, como mucha gente decía, contradictorias y hostiles entre sí. Como si varias ideologías vivieran dentro de sí y existiera un perpetuo debate de decisiones, acuerdos, desacuerdos, conflictos, conspiraciones y tragedias. Esto se puede comprobar porque mucha gente que lo ha conocido lo ha visto de distintas maneras, unos lo conocen alegre, otros depresivo, otros colérico, otros soñador, otros irónico, otros bohemio, otros trabajador y otros inspirado. Al parecer, eran 8 sus caras, sus formas más características de fluir entre la gente, 8 formas de vivir y de, quizás, sufrir. Pudo haber sido así, o quizás la gente lo trasformaba, lo trastornaba, o simplemente no sabían hablar con él, o cómo conocer gente. Pero el rumor siempre influye en los demás, por lo que el llamado “Octaedro” (Sobrenombre bien extraño y feo para una persona aparentemente normal) era conocido por su multifacético modo de vivir. Ocho rostros, ocho vidas, ocho secretos, ocho ideologías, ocho prácticas, ocho seres. Algunos decían que el demonio, o varios, lo poseían. Pero él jamás demostró signos de desequilibrio, al parecer estos ocho rostros en realidad formaban un perfecto cuerpo geométrico que, aunque cada cara miraba para un lado distinto, se mantenían unidas para conformar una sola figura. Pero había algo extraño, una sensación abstracta que dejaba perplejos a los conocidos, ¿Sería su alma acaso?, ¿El color del Octaedro era despreciable a la vista?, ¿O era atractivo su interior fosilizado?, Quizás esa sensación sería una novena cara, que terminaría por desequilibrar y destruir la conexión concretada en la figura del Octaedro.
Monólogo en el Lago
Ahora que miro el lago digo y digo cosas, me doy el gusto de pensar, sé que se va a enojar si lo hago, pero no me importa, al fin y al cabo, es algo que nadie puede controlar. ¿Por qué será que aquí, precisamente aquí, me doy el gusto de pensar? Yo generalmente no pienso las cosas, simplemente las hago. Veo las plantas y las piso, veo la madera y la quemo, veo a mi madre y le grito, veo mis libros y los tiro, veo mi lápiz y me rayo la cara. ¿Y por qué tengo tantas cosas que me hacen más difícil vivir la vida de manera más espontánea, sin pensar? Siempre me gustó vivir la vida de manera simple, sin tener que tomar decisiones importantes, y siempre me gustó vivir disfrutando solamente los pequeños momentos, las alegrías pasajeras, y por supuesto sin retenerlas en el recuerdo, sólo vivirlas en el momento, al igual que el jazz. Nadie se acuerda de una melodía de jazz, sólo la disfruta en el momento; al igual que un beso, nadie se acuerda cómo es, pero aún así la gente cree recordar cosas que nunca va a volver a saber cómo son, a menos que la espontaneidad se las traiga en una bandada de pájaros y cada uno agarre la que más le guste.
Se preguntarán cómo soy capaz de escribir cosas tan coherentes si en mis acciones parezco cualquier imbécil, ni yo mismo lo sé, quizás este nuevo ambiente me tiene encadenado en la profundidad de la reflexión, de los libros, de las analogías, de la naturaleza, del pensar. Quizás me da miedo mostrarme como no soy, frente a la antigua opulencia natural, frente a una verdad tan concreta como es la naturaleza del bosque y del lago. Quizás ahora que no estoy sometido a la verdadera sociedad cotidiana, puedo pensar, puedo meditar las cosas y puedo escribir. No sé, algún hechizo debe tener este hermoso lago, quizás la lluvia (que a estas alturas del año es desconocida para mí), quizás el frío ha permitido que mis neuronas tiriten y funcionen. Por eso me gusta más el frío, porque le permite a uno estar más activo, con ganas de correr, con ganas de abrigarse, de taparse, de tiritar de nerviosismo.
¿Por qué puedo ser como en verdad soy, en un ambiente donde todo lo que yo rechazo se apodera de cada rincón de mi mirada?, ¿Acaso mi mente se amansa y se relaja frente a tantos enemigos?, ¿O acaso estoy viendo el verdadero sentimiento de profundidad que nunca pude observar en mi vida? Puede ser que la soledad, que los recuerdos (que ahora se les ocurre acompañarme), han permitido que me dé cuenta que mi vida ha estado llena de felicidad, y me han hecho pensar solamente en hechos reconfortantes, porque cuando los he vivido, no pensaba que saldrían mal o que me traerían problemas.
Ahora siento alegría con sólo ver un pequeño ternero revolcándose en el pasto, ahora lloro de felicidad sólo con ver nubes que riegan el gran y majestuoso lago, que da vida, que da sustento, albergue, frío y calidez.
Ahora es la naturaleza la que moldea mi ser, un ser más puro. Ahora es la música la que me marca el sendero y un sueño más dulce y rítmico. Basta de ruidos, de murmullos, de desconfianza, de extrañeza, de guerra, de aire contaminado.
Ahora que vivo alrededor de plantas, de árboles, de madera; ahora que leo mis libros, ahora que escribo, ahora que convivo en paz con mi familia, me doy cuenta que la vida no es una espontaneidad. No hay que tenerle miedo al pensar, no hay que temer de la reflexión, simplemente tienes que vivir dándote cuenta que vives.
Se preguntarán cómo soy capaz de escribir cosas tan coherentes si en mis acciones parezco cualquier imbécil, ni yo mismo lo sé, quizás este nuevo ambiente me tiene encadenado en la profundidad de la reflexión, de los libros, de las analogías, de la naturaleza, del pensar. Quizás me da miedo mostrarme como no soy, frente a la antigua opulencia natural, frente a una verdad tan concreta como es la naturaleza del bosque y del lago. Quizás ahora que no estoy sometido a la verdadera sociedad cotidiana, puedo pensar, puedo meditar las cosas y puedo escribir. No sé, algún hechizo debe tener este hermoso lago, quizás la lluvia (que a estas alturas del año es desconocida para mí), quizás el frío ha permitido que mis neuronas tiriten y funcionen. Por eso me gusta más el frío, porque le permite a uno estar más activo, con ganas de correr, con ganas de abrigarse, de taparse, de tiritar de nerviosismo.
¿Por qué puedo ser como en verdad soy, en un ambiente donde todo lo que yo rechazo se apodera de cada rincón de mi mirada?, ¿Acaso mi mente se amansa y se relaja frente a tantos enemigos?, ¿O acaso estoy viendo el verdadero sentimiento de profundidad que nunca pude observar en mi vida? Puede ser que la soledad, que los recuerdos (que ahora se les ocurre acompañarme), han permitido que me dé cuenta que mi vida ha estado llena de felicidad, y me han hecho pensar solamente en hechos reconfortantes, porque cuando los he vivido, no pensaba que saldrían mal o que me traerían problemas.
Ahora siento alegría con sólo ver un pequeño ternero revolcándose en el pasto, ahora lloro de felicidad sólo con ver nubes que riegan el gran y majestuoso lago, que da vida, que da sustento, albergue, frío y calidez.
Ahora es la naturaleza la que moldea mi ser, un ser más puro. Ahora es la música la que me marca el sendero y un sueño más dulce y rítmico. Basta de ruidos, de murmullos, de desconfianza, de extrañeza, de guerra, de aire contaminado.
Ahora que vivo alrededor de plantas, de árboles, de madera; ahora que leo mis libros, ahora que escribo, ahora que convivo en paz con mi familia, me doy cuenta que la vida no es una espontaneidad. No hay que tenerle miedo al pensar, no hay que temer de la reflexión, simplemente tienes que vivir dándote cuenta que vives.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Descubrimiento Inalcanzable.
De pronto, despierto. Acosado, Ahogado, Anonadado.
¿Qué ocurre?
Mi morada me ataca. Sus raíces me hacen cosquillas, me hablan, me intimidan, me destruyen.
Mi mente se enrojece, se acalora, grita, enloquece.
El Pánico se apodera de mi alma, no lo puedo evitar; lo siento, es algo versátil, volátil, viene y va, vuela y aterriza, entra y sale, corre y gatea, enterrando sus tétricas garras en mi pecho, en mi corazón. Recorre cada movimiento, cada espacio, cada carne, dejando temor y constricción.
Todo parece ir hacia abajo, todo parece destruirse, llegando a su final decisión, su final manifiesto, su interpelación con Dios. Todo parece enrollarse, como una implosión que reduce al cielo y a la tierra a su mínima expresión.
Las paredes se vuelven blancas, rojas, amarillas, negras, verdes; aparece concreto, ventanas, rejas, ladrillos rojos, multicanchas, autos, avenidas estrechas, estatuas, parques que alzan sus armas hacia la eterna patria divina.
Veo rostros de doctores, niños grises, niños uniformados, niños conocidos, niños con cada nombre aprendido, jóvenes eruditos, jóvenes decididos, jóvenes atemorizados, pedagogos, directores.
Veo alegría, inocencia, disciplina, amor, responsabilidad, diversión.
Veo un halcón negro, un conejo y un diablo, corriendo, saltando, bailando, peleando, riendo, jugando.
Escucho gritos:
“¡Camarón Hurra!”, “¡Camarón por siempre!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
“¡Y dale, y dale, y dale diablo dale!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
Desaparecen, fue una visión inesperada. Siento algo… una alegría explicable, no sé que me pasa, pero definitivamente el placer mas grande que he sentido en toda mi vida, ver a mis cónyuges, a mis colegas, a mis pequeños. Extraño sentimiento, como si dos almas me hubieran entregado su alegría infinita; se multiplica, el pan que los alimentó ahora se reproduce por el monte, impartiendo el secreto más grande de mi muerte.
Lo he descubierto. Ahora que el tiempo ya no me sirve, ahora que el espíritu conforma todo mi ser.
Mi ventana habla, me pide que la siga.
Las ramas me sueltan y me empujan.
Es última vez que la veo. Mi hogar, mi vida privada, Murallas amarillas de todos colores. Mis ídolos sonríen, alzan su mano con un movimiento de despedida. No los veré más: el escenario, las luces, la guitarra, los gritos, los saltos, las poleras negras, el pelo largo, el virtuosismo, la inspiración.
13 razas distintas, todas humanas, que conviven en una misma filosofía, un mismo carisma, implantas sus congregaciones, sus ministerios, apreciados por todos los sabios, los inteligentes, los vivos, los buenos y los malos.
El espíritu mismo se despide, a través de su séquito de interpretadores y de monjes del arte.
Mi adiós derrama gotas de agua y de sangre, es tanta mi melancolía que mis heridas se abren por las manos de la muerte, que ríe y llora con sus siete hachas y siete luces.
Una larga y espesa escalera se abre paso al salir de mi vida, los últimos adioses son dictados por mi comunidad, por mi sol filtrado y entrecortado.
Subo cada tierno escalón con miedo y valentía, las nubes me miran y susurran entre ellas, parece que los prejuicios se extendieron hasta en las alturas, ¡no me extraña!
Veo una reja azul que se abre para mí.
La luz está de fiesta y las invitaciones llegan por los ojos y los reflejos.
Mi querido amigo de bigote bien cultivado se ríe y me indica que siga el prado. Lo traspaso.
¿Qué ocurre? Veo un escritorio al final del tedioso sendero, vacío. Pensé que tendría un martillo de madera y una peluca gris, pero simplemente una pluma pesada, una tinta invisible y un pergamino eterno ejercían fuerza sobre el acogedor escritorio.
Me senté.
Nada ocurrió, no se desplomó, no desperté, no me ataco nada.
Esperé unos minutos por mi General o por mi Arquitecto, nunca llegaron, no estaban allí, nunca estuvieron allí.
Siempre quise escribir algo, pero el ocio triunfó sobre la inteligencia. Pero ahora, que el ocio uniformado se había esfumado en un avión y se había perdido en unas montañas nevadas, podía cumplir mi sueño.
Tomé la pluma con excitación y comencé a escribir sobre la vida, sobre mis niños, sobre mis hermanos, mis compañeros. La tinta transparente se reía con cada comentario, con cada copucha, con cada hecho.
Escribí y escribí, el ansioso pergamino no terminaba nunca y me exigía cada vez más, me corregía y me alentaba.
De repente observo algo a lo lejos. Sonrío y mi boca llora de alegría.
Todos mis seres queridos, mis enemigos, todos los que alabé y envenené en mi único escrito, ahora aparecían en la pradera. Cayó nieve, y ésta se posó amigablemente sobre mi hombro.
Me vieron y me extendieron la mano, aliñando con una sonrisa paciente, silenciosa y satisfecha.
Sonreí de nuevo.
Había creado.
En honor a Francisco Medina y a Luis San Martín,
Que ahora pueden crear.
Que en paz descansen, verbitas e ignacianos de corazón.
¿Qué ocurre?
Mi morada me ataca. Sus raíces me hacen cosquillas, me hablan, me intimidan, me destruyen.
Mi mente se enrojece, se acalora, grita, enloquece.
El Pánico se apodera de mi alma, no lo puedo evitar; lo siento, es algo versátil, volátil, viene y va, vuela y aterriza, entra y sale, corre y gatea, enterrando sus tétricas garras en mi pecho, en mi corazón. Recorre cada movimiento, cada espacio, cada carne, dejando temor y constricción.
Todo parece ir hacia abajo, todo parece destruirse, llegando a su final decisión, su final manifiesto, su interpelación con Dios. Todo parece enrollarse, como una implosión que reduce al cielo y a la tierra a su mínima expresión.
Las paredes se vuelven blancas, rojas, amarillas, negras, verdes; aparece concreto, ventanas, rejas, ladrillos rojos, multicanchas, autos, avenidas estrechas, estatuas, parques que alzan sus armas hacia la eterna patria divina.
Veo rostros de doctores, niños grises, niños uniformados, niños conocidos, niños con cada nombre aprendido, jóvenes eruditos, jóvenes decididos, jóvenes atemorizados, pedagogos, directores.
Veo alegría, inocencia, disciplina, amor, responsabilidad, diversión.
Veo un halcón negro, un conejo y un diablo, corriendo, saltando, bailando, peleando, riendo, jugando.
Escucho gritos:
“¡Camarón Hurra!”, “¡Camarón por siempre!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
“¡Y dale, y dale, y dale diablo dale!”, si, lo he escuchado, lo he sentido, lo he disfrutado.
Desaparecen, fue una visión inesperada. Siento algo… una alegría explicable, no sé que me pasa, pero definitivamente el placer mas grande que he sentido en toda mi vida, ver a mis cónyuges, a mis colegas, a mis pequeños. Extraño sentimiento, como si dos almas me hubieran entregado su alegría infinita; se multiplica, el pan que los alimentó ahora se reproduce por el monte, impartiendo el secreto más grande de mi muerte.
Lo he descubierto. Ahora que el tiempo ya no me sirve, ahora que el espíritu conforma todo mi ser.
Mi ventana habla, me pide que la siga.
Las ramas me sueltan y me empujan.
Es última vez que la veo. Mi hogar, mi vida privada, Murallas amarillas de todos colores. Mis ídolos sonríen, alzan su mano con un movimiento de despedida. No los veré más: el escenario, las luces, la guitarra, los gritos, los saltos, las poleras negras, el pelo largo, el virtuosismo, la inspiración.
13 razas distintas, todas humanas, que conviven en una misma filosofía, un mismo carisma, implantas sus congregaciones, sus ministerios, apreciados por todos los sabios, los inteligentes, los vivos, los buenos y los malos.
El espíritu mismo se despide, a través de su séquito de interpretadores y de monjes del arte.
Mi adiós derrama gotas de agua y de sangre, es tanta mi melancolía que mis heridas se abren por las manos de la muerte, que ríe y llora con sus siete hachas y siete luces.
Una larga y espesa escalera se abre paso al salir de mi vida, los últimos adioses son dictados por mi comunidad, por mi sol filtrado y entrecortado.
Subo cada tierno escalón con miedo y valentía, las nubes me miran y susurran entre ellas, parece que los prejuicios se extendieron hasta en las alturas, ¡no me extraña!
Veo una reja azul que se abre para mí.
La luz está de fiesta y las invitaciones llegan por los ojos y los reflejos.
Mi querido amigo de bigote bien cultivado se ríe y me indica que siga el prado. Lo traspaso.
¿Qué ocurre? Veo un escritorio al final del tedioso sendero, vacío. Pensé que tendría un martillo de madera y una peluca gris, pero simplemente una pluma pesada, una tinta invisible y un pergamino eterno ejercían fuerza sobre el acogedor escritorio.
Me senté.
Nada ocurrió, no se desplomó, no desperté, no me ataco nada.
Esperé unos minutos por mi General o por mi Arquitecto, nunca llegaron, no estaban allí, nunca estuvieron allí.
Siempre quise escribir algo, pero el ocio triunfó sobre la inteligencia. Pero ahora, que el ocio uniformado se había esfumado en un avión y se había perdido en unas montañas nevadas, podía cumplir mi sueño.
Tomé la pluma con excitación y comencé a escribir sobre la vida, sobre mis niños, sobre mis hermanos, mis compañeros. La tinta transparente se reía con cada comentario, con cada copucha, con cada hecho.
Escribí y escribí, el ansioso pergamino no terminaba nunca y me exigía cada vez más, me corregía y me alentaba.
De repente observo algo a lo lejos. Sonrío y mi boca llora de alegría.
Todos mis seres queridos, mis enemigos, todos los que alabé y envenené en mi único escrito, ahora aparecían en la pradera. Cayó nieve, y ésta se posó amigablemente sobre mi hombro.
Me vieron y me extendieron la mano, aliñando con una sonrisa paciente, silenciosa y satisfecha.
Sonreí de nuevo.
Había creado.
En honor a Francisco Medina y a Luis San Martín,
Que ahora pueden crear.
Que en paz descansen, verbitas e ignacianos de corazón.
Levantamiento del Tirano
He existido desde la mañana del mundo y Existiré hasta que la última estrella caiga de la noche.
Aunque he tomado la Forma de Cayo Calígula, soy todos los hombres, así como no soy hombre. Y ,por lo tanto, soy... un Dios. Esperaré por la desición unánime del senado.
Todos los que digan Siempre, digan Siempre.
Siempre..
Siempre..
Siempre..
Sí, el es un Dios.
Aunque he tomado la Forma de Cayo Calígula, soy todos los hombres, así como no soy hombre. Y ,por lo tanto, soy... un Dios. Esperaré por la desición unánime del senado.
Todos los que digan Siempre, digan Siempre.
Siempre..
Siempre..
Sí, el es un Dios.
(Hoy me convoca...)
Hoy me convoca a esta tarea (escribir) algo en verdad importante; he descubierto que la amo, así como también ella me ama, y me piensa al leer estas palabras. La amo y ella me ama, quiero besarla, tocar su cuerpo, pasar tiempo a su lado, vagando con mis dedos por su pelo.
Ella me ama y espera, como yo la espero al final de la noche cuando ya esta sola y puedo hacerla mía. Pero me desconoce, me tortura, me da un tibio beso en la mejilla y se pierde en la niebla. Vuelve y me sonríe, sus ojos me vencen: la amo y me desea.
Su rostro se enciende, brilla, su boca se llena de risas, me mira de reojo porque sabe que me gusta, deja descansar su mano en mi brazo sólo por un instante, pero es suficiente. Una sensación hermosa recorre mi cuerpo, sentimiento de felicidad profunda.
Su piel es hermosa, pura, virgen… irresistible. Me controla, se apodera de mí, me golpea y abandona en el frío, se oculta bajo el polvo. Yo la pienso, no dejo ni un minuto de hacerlo.
Me pertenece en secreto, quiere ser mía, que mis brazos rodeen su cuerpo, sentir la suavidad de mis labios sobre su pecho, mi aliento en su cuello, la calidez de mis manos recorriendo su cintura. Es mía, quiere huir junto a mí, a donde sea que mi espíritu intente desesperadamente aventurarse.
Ella espera ese momento, su corazón confundido se resigna; ¿cuánto tiempo hemos de esperar ese día hermoso? No lo sabe. Sólo quiere estar a mi lado y sentir el calor de mi cuerpo, como yo, su piel bajo mis manos temblorosas, y sus labios sobre mi oído murmurando palabras innecesarias.
Es hermosa, la amo.
Veo su rostro aparecer en todas partes, escucho su nombre al pasar el viento por mi oído, siento su perfume atravesar mis sienes. Necesito sostenerla entre mis manos, pero atravieso con mis dedos el vacío de su cuerpo ausente, no importa: ella piensa en mí al leer estas palabras, mientras le digo que la amo.
Te amo...
martes, 28 de octubre de 2008
Mi Bosque
Érase una vez un bosque mágico escondido entre las nieblas de un profundo valle, donde solo los niños más valientes podían encontrarlo. Afortunados eran aquellos que en el día y guiados por el sol, utilizaban toda su destreza para lograr admirar las colosales figuras de millares de árboles en todo su esplendor. Cuentan algunos pequeños aventureros que si tienes paciencia y un corazón puro y bueno podrás observar a los árboles moverse. Los verás saludándose unos a otros con enérgicas palmadas amistosas, pues son todos amigos y hermanos, y no pelean entre ellos. Los encontrarás abrazando con cariño las familias de pajaritos y ardillas, que son sus mascotas queridas y amadas, y estarán dándoles de comer. Los escucharás conversarse unos a otros, decirse lo inentendible; hablar lo inexpresivo; murmurar de lo eterno, de lo efímero y de lo presente; susurrar lo que callamos, lo que no hacemos y lo que sentimos. Y si los visitas un buen día, cuando el sol esté cansado y la luna aun maquillándose, los hallarás bailando y moviendo sus trajes de seda. Divinas son sus vestimentas de fiesta, elaborados según el calendario de celebraciones: Verde luminoso y brillante cálido en el verano, café y anaranjado oscuro en el otoño, transparente y desnudo sombrío en el invierno, y de los colores más hermosos imaginables en su cumpleaños la primavera. Bailarán al compás de un viento acelerado si están de fiesta, en cambio un soplo triste y lento los hará recordar una muerte y una pérdida. Agitarán sus vestidos al son de la brisa, coordinados todos en una espléndida armonía. Si estás de suerte, te invitarán a acompañarles, y te moverás y bailarás y girarás y correrás y saltarás como ellos, con alegría y gozos inmensos, sin miedos que puedan asustarte. Te contarán sus historias, sus amores y sus miedos; te dirán que lloran cada mañana antes de que salga el sol, para que él no los vea, y que espantan a los niños pequeños en las noches, para que vuelvan a sus hogares. Te harán reír, llorar y cantar; pero cuidado, no debes quedarte hasta muy tarde, pues si la luna te descubre desde su atalaya nocturna con su séquito de brillantes observadores, será ya muy tarde, y deberás regresar al mundo real donde te esperarán las responsabilidades para hacerte olvidar el camino de regreso al bosque.
Vuelo
Silencio. Una inspiración forzada y Diego partió en carrera hacia el cajón de arena que se encontraba 20 metros más adelante. Sentía el viento contra su cara y sabía en qué preciso momento debía tomar el impulso definitivo para saltar; al llegar a aquel punto marcado, cerca del final de la pista, se elevó con tal energía y vigor que casi se lastima, pero la sensación de volar lo cautivó mientras cruzaba por encima del espacio arenoso, hasta caer varios metros más adelante. Ese instante de concentración interna se vio interrumpido por el escándalo de sus amigos que venían alegremente a felicitarlo con frases laudatorias y grandes vítores, describiendo y exagerando su magnífico salto.
Diego solía ser humilde, y respondía con risas a los comentarios de sus amigos, aunque por dentro se sentía orgulloso de su desempeño, después de todo solo habían pasado dos fríos meses y no una infinidad de tiempo, como le parecía, desde su primer salto. La vuelta al camarín, la ducha de agua caliente, el cambio de ropa y el transcurso hasta la sala de clases se vieron empapados por la serie de bromas y comentarios que seguían dando vueltas a su actuación en la pista. Aquellos casi vulgares 4 metros de salto pronto pasaron a ser sus 5, 6 metros de vuelo; Diego dejó de ser Diego, y se convirtió en el hombre-pájaro.
De vuelta en la realidad, sentado en su banco y rodeado por el bullicio de la clase, Diego no prestaba atención sino a los zorzales que se veían pasar fugazmente cruzando el ventanal. Las palabras de alabanza de sus amigos le daban vueltas en la cabeza, mientras se imaginaba volando junto a aquellos animalitos por encima de las copas de los árboles y sorteando nubes. A la mañana siguiente, Diego no tuvo que levantarse al colegio, ya que era fin de semana, y ayudó en los quehaceres de su hogar. Particularmente, Diego seguía pensando en los acontecimientos del día anterior y le parecía que aún escuchaba a sus compañeros comentándole y extremando su actuación. Además, frases como “con aquellos brazos podrías volar” pronunciada por su madre cuando le ayudó a bajar una lata en conserva del estante; “eres tan liviano que fácilmente saldrías volando”, comentario de su padre al subirse a sus hombros para limpiar el techo; y el “estás volando por las nubes” de su abuela cuando le llamaba la atención sin que él escuchase, consiguieron aumentar el orgullo y la arrogancia que comenzaba a sentir. Sus momentos de ocio no dejaban espacio para otro pensamiento que su ya común sueño de volar; y pronto dejaron de ser meros sueños, y comenzaron a ser posibilidades. La idea de que podía volar fue albergándose en su mente; de manera absurda e infantil, riéndose de sí mismo por pensar tales cosas, pero a la vez dejando de lado la opción de apartar de sí ese sueño. Pronto volvieron las voces, los comentarios y las frases de todos aquellos que le habían puesto la idea en la cabeza y comenzaron a fortificar, cómo quién construye una muralla alrededor de una idea para que otros pensamientos no la derrumben, aquella posibilidad de volar. Poco a poco dejó totalmente de ser una posibilidad y se asentó en su mente como totalmente realizable, y de hecho, el siguiente paso fue comenzar a pensar en qué momento y donde realizaría su próximo vuelo.
No necesitaba comentárselo a nadie, pues ya sabía por adelantado que todos lo alentarían en su empresa, como lo habían animado hace poco tiempo con todas esas frases y comentarios. Sabía de antemano que todos querrían ir a verlo volar, por lo que, con lo modesto que era (que solía ser) prefería hacerlo solo, sin la presión de todos mirando. Decidió entonces realizar su siguiente vuelo en aquel monte, colindante al pueblo, que solía ser objetivo de paseos y salidas por su agradable ambiente de tranquilidad, paz y armonía natural.
Emprendió pues, el camino que lo separaba del monte veloz en su bicicleta; y mientras sentía el aire golpeándole el rostro se le venía a la cabeza el recuerdo de su magnífico vuelo preliminar sucedido hace no mucho, en donde ahora se daba cuenta que solamente había estado demostrando una diminuta parte de sus capacidades reales. En aquella pendiente que viene antes de la subida del cerro, Diego tomó vuelo y se dejó llevar por la gravedad; soltando el manubrio abrió los brazos y simuló aletear, fingiendo que ya no sentía la bicicleta bajo su cuerpo. Este pequeño juego no hizo más que estimularlo a correr hacia la zona más elevada de lo que el monte permitía, y comenzar a prepararse para su vuelo. Sabía que no sería el primero en hacerlo, no tenía sentido que sólo él fuera el único en poder lograrlo; pues sabía que alcanzando el vuelo, iría a cualquier lugar alejado de la cotidianidad de su vida, donde estarían todos aquellos como él que viven felices en su propio mundo.
Preparándose mentalmente para su actuación, notó en el cielo una bandada de golondrinas que migraban a ese lugar feliz donde pronto Diego les seguiría. Se sintió avergonzado de ver que todas sus próximas compañeras de vuelo se elevaban desnudas tal como Dios las había puesto en el mundo; y acto seguido se despojó de todo lo que consigo llevaba, se olvidó de aquella vida terrenal y se situó a una serie de metros del acantilado más cercano. Esperó, escuchó: silencio. Efectuó una inspiración forzada, y partió corriendo hacia el borde del monte, ahí, en aquel punto marcado por la conclusión de la tierra, tomó un impulsó vigoroso y enérgico y se lanzó con la seguridad de quien sabe que la vida es más que tan solo una rutina.
Diego solía ser humilde, y respondía con risas a los comentarios de sus amigos, aunque por dentro se sentía orgulloso de su desempeño, después de todo solo habían pasado dos fríos meses y no una infinidad de tiempo, como le parecía, desde su primer salto. La vuelta al camarín, la ducha de agua caliente, el cambio de ropa y el transcurso hasta la sala de clases se vieron empapados por la serie de bromas y comentarios que seguían dando vueltas a su actuación en la pista. Aquellos casi vulgares 4 metros de salto pronto pasaron a ser sus 5, 6 metros de vuelo; Diego dejó de ser Diego, y se convirtió en el hombre-pájaro.
De vuelta en la realidad, sentado en su banco y rodeado por el bullicio de la clase, Diego no prestaba atención sino a los zorzales que se veían pasar fugazmente cruzando el ventanal. Las palabras de alabanza de sus amigos le daban vueltas en la cabeza, mientras se imaginaba volando junto a aquellos animalitos por encima de las copas de los árboles y sorteando nubes. A la mañana siguiente, Diego no tuvo que levantarse al colegio, ya que era fin de semana, y ayudó en los quehaceres de su hogar. Particularmente, Diego seguía pensando en los acontecimientos del día anterior y le parecía que aún escuchaba a sus compañeros comentándole y extremando su actuación. Además, frases como “con aquellos brazos podrías volar” pronunciada por su madre cuando le ayudó a bajar una lata en conserva del estante; “eres tan liviano que fácilmente saldrías volando”, comentario de su padre al subirse a sus hombros para limpiar el techo; y el “estás volando por las nubes” de su abuela cuando le llamaba la atención sin que él escuchase, consiguieron aumentar el orgullo y la arrogancia que comenzaba a sentir. Sus momentos de ocio no dejaban espacio para otro pensamiento que su ya común sueño de volar; y pronto dejaron de ser meros sueños, y comenzaron a ser posibilidades. La idea de que podía volar fue albergándose en su mente; de manera absurda e infantil, riéndose de sí mismo por pensar tales cosas, pero a la vez dejando de lado la opción de apartar de sí ese sueño. Pronto volvieron las voces, los comentarios y las frases de todos aquellos que le habían puesto la idea en la cabeza y comenzaron a fortificar, cómo quién construye una muralla alrededor de una idea para que otros pensamientos no la derrumben, aquella posibilidad de volar. Poco a poco dejó totalmente de ser una posibilidad y se asentó en su mente como totalmente realizable, y de hecho, el siguiente paso fue comenzar a pensar en qué momento y donde realizaría su próximo vuelo.
No necesitaba comentárselo a nadie, pues ya sabía por adelantado que todos lo alentarían en su empresa, como lo habían animado hace poco tiempo con todas esas frases y comentarios. Sabía de antemano que todos querrían ir a verlo volar, por lo que, con lo modesto que era (que solía ser) prefería hacerlo solo, sin la presión de todos mirando. Decidió entonces realizar su siguiente vuelo en aquel monte, colindante al pueblo, que solía ser objetivo de paseos y salidas por su agradable ambiente de tranquilidad, paz y armonía natural.
Emprendió pues, el camino que lo separaba del monte veloz en su bicicleta; y mientras sentía el aire golpeándole el rostro se le venía a la cabeza el recuerdo de su magnífico vuelo preliminar sucedido hace no mucho, en donde ahora se daba cuenta que solamente había estado demostrando una diminuta parte de sus capacidades reales. En aquella pendiente que viene antes de la subida del cerro, Diego tomó vuelo y se dejó llevar por la gravedad; soltando el manubrio abrió los brazos y simuló aletear, fingiendo que ya no sentía la bicicleta bajo su cuerpo. Este pequeño juego no hizo más que estimularlo a correr hacia la zona más elevada de lo que el monte permitía, y comenzar a prepararse para su vuelo. Sabía que no sería el primero en hacerlo, no tenía sentido que sólo él fuera el único en poder lograrlo; pues sabía que alcanzando el vuelo, iría a cualquier lugar alejado de la cotidianidad de su vida, donde estarían todos aquellos como él que viven felices en su propio mundo.
Preparándose mentalmente para su actuación, notó en el cielo una bandada de golondrinas que migraban a ese lugar feliz donde pronto Diego les seguiría. Se sintió avergonzado de ver que todas sus próximas compañeras de vuelo se elevaban desnudas tal como Dios las había puesto en el mundo; y acto seguido se despojó de todo lo que consigo llevaba, se olvidó de aquella vida terrenal y se situó a una serie de metros del acantilado más cercano. Esperó, escuchó: silencio. Efectuó una inspiración forzada, y partió corriendo hacia el borde del monte, ahí, en aquel punto marcado por la conclusión de la tierra, tomó un impulsó vigoroso y enérgico y se lanzó con la seguridad de quien sabe que la vida es más que tan solo una rutina.
lunes, 20 de octubre de 2008
El Arco de Hielo
La nieve se apoderaba de todo el terreno, caía de forma chillona, alegre y el suelo respondía con una fiel acogida y se abrigaba del frío polar. Rocas, plantas, planicies, montañas, todo lo inerte junto con los osos, las focas y gaviotas, recibían la invitación a la gélida fiesta y se divertían albergando al blanco invasor, proveniente de unas manchas grises que ocultaban un camino estelar transitado por diminutos viajeros, que producían con sus movimientos todos los colores del arcoiris. Lástima que los seres terrenales no pudieran presenciar este espectáculo de colores generado simplemente por el tráfico entre la Tierra y el Universo; pero ellos tenían su propia celebración, aunque menos hermosa, pero alegre.
Disfrutaban diariamente el rito de la naturaleza, la helada velada que les entregaba un panorama bastante común a los osos: devorar focas, dormir y caminar perezosamente por el amplio valle cubierto de frío y de una blancura digna de ser observada; actividades que, con la caída de nieve, se convertía en una agenda bastante más movida, bastante mas entretenida. El hecho de correr sintiendo los copos en la espalda, de caerse en el suelo sobre poblado, de enterrarse en la tierna nieve, hacía de sus aburridas vidas una hermosa fotografía.
Hacia el oeste, el camino era amplio, plano y tranquilo; paralelamente, al norte y al sur, las montañas celestiales, protectoras, reinas del Polo norte, dominaban el valle y a todas las criaturas que le ofrecían fidelidad al reino, sacrificando otros animales para sobrevivir, para serle fiel también a la cadena que amarró perpetuamente a sus ancestros. Más adelante, siguiendo el despertar de la estrella divina, como meta final del transitado del valle, se encontraba el mar, que había separado el reino nevado del reino civilizado y que crecía cada vez más con la muerte y el ahogo de los guardianes de la frontera. El mar era otro país, otro territorio, donde las aves de tez contrastada jugaban en el agua nadando a velocidades impresionantes, a hacer figuras, a competir y a explorar.
Sobre la sala de juegos, los guardianes, sostenidos por su propio cuerpo que flotaba en las profundidades, vigilaban el horizonte con una mirada indiferente, orgullosa, bastante común por su naturaleza.
Pero había un pilar distinto de los demás, que observaba con su único ojo de forma distinta, que recibía la luz del sol directamente por el orificio de su arco, que la transformaba antes de llegar al agua en un destello de calor, de alegría, de luz y de tranquilidad a la vez. Era un macizo de hielo que observaba con inquietud, a través del arco en su cabeza, el amanecer y que lo transformaba en la alarma despertadora de todo el reino nevado. A través de sus columnas resbaladizas, la luz cambiaba de aspecto, cambiaba de tono, de brillo, para volverse una luz terrenal, una luz filtrada por la mismísima naturaleza y condicionada para entrar en la Tierra. ¿Qué tendrá ese arco en su interior, que puede hasta controlar el mundo entero, por su simpleza, por su capacidad de transformar la luz con su don natural? Nada nunca lo sabrá. Porque ahora la atención está en matar a los guardianes que protegen la naturaleza celestial; la atención está en apoderarse de este reino prohibido e inalcanzable, de sus súbditos, de sus reinas, de sus fronteras; por gusto, por ambición, por miedo, por paranoia, por egoísmo, por un “espíritu aventurero” que en realidad deja desastres en cada paisaje, por esa modernización que transforma cada postal en una foto de reportaje sobre desastres ecológicos.
¿Qué habrá adentro de ese arco?, quizás un nuevo mundo, quizás un nuevo sentimiento, un nuevo reino, quizás el ser y el no-ser que nos vigilan en cada una de nuestras acciones a través del sendero. Quizás ahí está la respuesta que necesita el hombre, en un lugar completamente natural, en una arquitectura perfecta y sobrehumana construida por El rey de las reinas del cielo y de la nieve.
Qué envidia por los osos y las aves nadadoras, que pueden presenciar la cuidad helada todos los días de sus vidas. Qué envidia por ellos, que pueden disfrutar de un paisaje paradisiaco todos los días de sus vidas. Es el único lugar donde pueden vivir y es el único Edén de verdad, el único lugar donde los animales se ríen de nosotros y de nuestra contaminación, el único lugar donde podríamos ser felices, y aún así, nos lo arrebataremos por completo algún día.
¿Cuál será la respuesta que alberga el Arco? Sólo los osos la saben y nosotros simplemente los enterramos en la nieve y en el mar.
Disfrutaban diariamente el rito de la naturaleza, la helada velada que les entregaba un panorama bastante común a los osos: devorar focas, dormir y caminar perezosamente por el amplio valle cubierto de frío y de una blancura digna de ser observada; actividades que, con la caída de nieve, se convertía en una agenda bastante más movida, bastante mas entretenida. El hecho de correr sintiendo los copos en la espalda, de caerse en el suelo sobre poblado, de enterrarse en la tierna nieve, hacía de sus aburridas vidas una hermosa fotografía.
Hacia el oeste, el camino era amplio, plano y tranquilo; paralelamente, al norte y al sur, las montañas celestiales, protectoras, reinas del Polo norte, dominaban el valle y a todas las criaturas que le ofrecían fidelidad al reino, sacrificando otros animales para sobrevivir, para serle fiel también a la cadena que amarró perpetuamente a sus ancestros. Más adelante, siguiendo el despertar de la estrella divina, como meta final del transitado del valle, se encontraba el mar, que había separado el reino nevado del reino civilizado y que crecía cada vez más con la muerte y el ahogo de los guardianes de la frontera. El mar era otro país, otro territorio, donde las aves de tez contrastada jugaban en el agua nadando a velocidades impresionantes, a hacer figuras, a competir y a explorar.
Sobre la sala de juegos, los guardianes, sostenidos por su propio cuerpo que flotaba en las profundidades, vigilaban el horizonte con una mirada indiferente, orgullosa, bastante común por su naturaleza.
Pero había un pilar distinto de los demás, que observaba con su único ojo de forma distinta, que recibía la luz del sol directamente por el orificio de su arco, que la transformaba antes de llegar al agua en un destello de calor, de alegría, de luz y de tranquilidad a la vez. Era un macizo de hielo que observaba con inquietud, a través del arco en su cabeza, el amanecer y que lo transformaba en la alarma despertadora de todo el reino nevado. A través de sus columnas resbaladizas, la luz cambiaba de aspecto, cambiaba de tono, de brillo, para volverse una luz terrenal, una luz filtrada por la mismísima naturaleza y condicionada para entrar en la Tierra. ¿Qué tendrá ese arco en su interior, que puede hasta controlar el mundo entero, por su simpleza, por su capacidad de transformar la luz con su don natural? Nada nunca lo sabrá. Porque ahora la atención está en matar a los guardianes que protegen la naturaleza celestial; la atención está en apoderarse de este reino prohibido e inalcanzable, de sus súbditos, de sus reinas, de sus fronteras; por gusto, por ambición, por miedo, por paranoia, por egoísmo, por un “espíritu aventurero” que en realidad deja desastres en cada paisaje, por esa modernización que transforma cada postal en una foto de reportaje sobre desastres ecológicos.
¿Qué habrá adentro de ese arco?, quizás un nuevo mundo, quizás un nuevo sentimiento, un nuevo reino, quizás el ser y el no-ser que nos vigilan en cada una de nuestras acciones a través del sendero. Quizás ahí está la respuesta que necesita el hombre, en un lugar completamente natural, en una arquitectura perfecta y sobrehumana construida por El rey de las reinas del cielo y de la nieve.
Qué envidia por los osos y las aves nadadoras, que pueden presenciar la cuidad helada todos los días de sus vidas. Qué envidia por ellos, que pueden disfrutar de un paisaje paradisiaco todos los días de sus vidas. Es el único lugar donde pueden vivir y es el único Edén de verdad, el único lugar donde los animales se ríen de nosotros y de nuestra contaminación, el único lugar donde podríamos ser felices, y aún así, nos lo arrebataremos por completo algún día.
¿Cuál será la respuesta que alberga el Arco? Sólo los osos la saben y nosotros simplemente los enterramos en la nieve y en el mar.
martes, 14 de octubre de 2008
Libertino frustado...
Si viera, de pronto, minimamnte amenzada mi libertad, reaccionaría sin mesura y con violencia, desobedenciendo, revelandome sin importar la consecuencias. ¡Tal es mi angustia!
domingo, 12 de octubre de 2008
(Dos cuerpos...)
Dos cuerpos bajo la semipenumbra,
Los cubre un silencio profundo,
Tal vez el eco de sus voces cabalgando el viento, voces temerosas...
El césped bajo el que mixturan sus cuerpos humedece más su aventura,
Los minutos se precipitan sobre ellos como meteoritos...
Caen, caen como insectos a través de un torbellino de tiempo
Sus palabras caen con ellos como guijarros llenos de ternura,
Y recuerdan, de pronto, su primer beso…
No saben nada, no ignoran nada…
Son insectos.
Se besan -sólo eso-
No saben.
El césped bajo el que mixturan sus cuerpos humedece más su aventura…
Los cubre un silencio profundo,
Tal vez el eco de sus voces cabalgando el viento, voces temerosas...
El césped bajo el que mixturan sus cuerpos humedece más su aventura,
Los minutos se precipitan sobre ellos como meteoritos...
Caen, caen como insectos a través de un torbellino de tiempo
Sus palabras caen con ellos como guijarros llenos de ternura,
Y recuerdan, de pronto, su primer beso…
No saben nada, no ignoran nada…
Son insectos.
Se besan -sólo eso-
No saben.
El césped bajo el que mixturan sus cuerpos humedece más su aventura…
jueves, 9 de octubre de 2008
Sol y Letras
Entró Santiago conversando con su gran amigo Javier, comentando sobre el espectáculo que presenciarían en una hora más, estaban muy felices y tranquilos.
-Hoy día se presentará Valdés como director y Urrutia como solista en piano, va a estar buenísimo –Comenta Santiago. - Oye Julían, ¿Quieres venir con nosotros al Teatro Municipal?
Julián, que observaba sus apuntes literarios, levantó una mirada temerosa, nerviosa e irritada y respondió con un tajante no. Santiago se impresionó y se enojó, algo raro en su actitud y personalidad.
- ¿Cuál es tu problema?, siempre te invito a salir con ganas de pasarlo bien contigo, y tu siempre me respondes con asco.
- Es porque tú siempre gastas el dinero que no tenemos, yo siempre termino endeudado por culpa de tus caprichos… Además me recuerdas a papá.
- Ya perfecto, no vayas entonces, tú te lo pierdes- Santiago le pide amablemente a Javier que se vaya y luego camina a su habitación, dejando una estela de odio y confusión que siempre se origina con las peleas de los hermanos Webster Correa y que culmina con un portazo que estremece las endebles y tímidas murallas de la casa de un piso.
Para tranquilizarse un momento, en su cuarto, Santiago comienza a tocar el piano, instrumento que domina desde hace 20 años y que expone en sus clases en el instituto Pro-Jazz. Al otro lado de la casa, Julián escucha a su hermano, siente su odio nacido dentro de la fuente de la alegría y simpatía que emanaba del pianista. Ése sentimiento, totalmente distinto de la personalidad de Santiago, infunde en Julián una incierta alegría, ya que él siempre desarrolló una personalidad oscura a base del odio, el ser introvertido, huraño, antisocial y distinto a su hermano; se siente identificado, se asimilan. Éste odio mueve las letras y el bolígrafo, se despierta la inspiración.
Comienza a escribir. La melancolía que le infunde la Sonata Claro de Luna le ordena escribir algo sumamente familiar:
“-Papá… Papá… ¿Me escuchas?… Por favor… Te quiero… Pero… Por favor…
Su corazón se ahoga, su mente se bloquea, el impacto produce el desmayo, ya la música fraternal dejará de ser tocada. Él lo amaba. Siempre le enseñó, le entregó cariño, lo cuidó, le mostró su música… Pero el recuerdo le produjo tanta melancolía, que ahora, 10 años después, escribe un libro y conversa con su hermano, que heredó la musicalidad de su padre en la forma de ser y de vivir. En este ataque de melancolía, se frustra… Su hermano le habla, pero él no escucha. Hablaban de su Padre, de su Madre, de la hermandad distorsionada que trataban de estabilizar, de las peleas que protagonizaban en la historia de los Webster Correa… Pero no se acuerda… El temor, el odio, la ira, el horror, la nostalgia, la melancolía, la tristeza, la turbulencia, el nerviosismo, la duda, el bien, el mal y la música transforman su mente, toma la pistola del primer cajón de su escritorio y se dispara frente a su hermano.”
Julián se maravilló, le surgió una alegría totalmente desconocida para él y fue corriendo para contarle a su hermano de su inesperada visión. Hace mucho tiempo que trabajaba su libro, pero ahora que dictó las últimas frases, podría hacer que la gente sintiera lo mismo que él cuando escuchaba el virtuosismo de Santiago, una alegría seguida de una inspiración excepcional, que la música escribe ahora con el lápiz y el papel.
Iba a tocar la puerta del cuarto de su hermano, cuando se le adelantó otro toque, un sonido fuerte, amenazador. Julián se estremece, la alegría se oculta tras su alma y abre la puerta principal de la casa. La luz entra como una alfombra que es pisada por el fiscal, quien venía a estremecer de nuevo la asustada arquitectura contemporánea del hogar de los Webster Correa. Habló con una naturalidad diabólica: -Señor Julián Webster, se le ha terminado el plazo para completar el pago del crédito de su casa, lleva muchos meses sin finalizar la última cuota. Si no paga el resto en una semana, se va de aquí.
Mientras hablaba, Santiago salió de su pieza y escuchó atentamente. Julián sintió una flecha enterrada en su alma y la ira le empezó a carcomer el corazón.
- Bueno Santiago, así es como vivo de tus caprichos, tengo que saludar a los gastos de los conciertos, tus fiestas, tus inversiones musicales, tu alegría…
- Julían –interviene airadamente Santiago-. Yo simplemente quiero que seas más abierto a los demás y a la música, pero como no me haces caso, te has ganado el rechazo de la sociedad, y por culpa de refugiarte en la literatura de nuestra madre, te escapas de la verdad, deberías recibir a nuestro difunto padre y contagiarte de su música a través de mí, deja a un lado tus preocupaciones y tu literatura y siente la alegría y la música.
-El ver a mi papá enloquecer, me cambió la vida. Le tengo miedo a la locura, por eso sigo a mi madre, que murió en cordura. Quiero seguir así, quiero seguir cuerdo, quiero seguir cuerdo, quiero…- En un ataque de ira, se frustra, deja de escuchar a su hermano, pierde el sentido, la conciencia, la locura se apodera de su alma ahora; el rechazo, el dinero, la soledad, la sociedad, el desahogo, la impotencia, la crisis, la reacción, la verdad, la obsesión y la literatura transforman su mente, toma la pistola del primer cajón de su escritorio y se dispara frente a su hermano y al cobrador…
* * * "Si la llave de sol hubiera ordenado las partituras, el papel, las letras y la inspiración, el camino se habría iluminado y las almas despejadas".
Santiago se entristeció, le surgió una melancolía totalmente desconocida para él, dejó el escritorio de su hermano, su casa recuperada y fue a su concierto, donde Urrutia fue el director y no hubo solista en piano.
Samuel Baquedano.
-Hoy día se presentará Valdés como director y Urrutia como solista en piano, va a estar buenísimo –Comenta Santiago. - Oye Julían, ¿Quieres venir con nosotros al Teatro Municipal?
Julián, que observaba sus apuntes literarios, levantó una mirada temerosa, nerviosa e irritada y respondió con un tajante no. Santiago se impresionó y se enojó, algo raro en su actitud y personalidad.
- ¿Cuál es tu problema?, siempre te invito a salir con ganas de pasarlo bien contigo, y tu siempre me respondes con asco.
- Es porque tú siempre gastas el dinero que no tenemos, yo siempre termino endeudado por culpa de tus caprichos… Además me recuerdas a papá.
- Ya perfecto, no vayas entonces, tú te lo pierdes- Santiago le pide amablemente a Javier que se vaya y luego camina a su habitación, dejando una estela de odio y confusión que siempre se origina con las peleas de los hermanos Webster Correa y que culmina con un portazo que estremece las endebles y tímidas murallas de la casa de un piso.
Para tranquilizarse un momento, en su cuarto, Santiago comienza a tocar el piano, instrumento que domina desde hace 20 años y que expone en sus clases en el instituto Pro-Jazz. Al otro lado de la casa, Julián escucha a su hermano, siente su odio nacido dentro de la fuente de la alegría y simpatía que emanaba del pianista. Ése sentimiento, totalmente distinto de la personalidad de Santiago, infunde en Julián una incierta alegría, ya que él siempre desarrolló una personalidad oscura a base del odio, el ser introvertido, huraño, antisocial y distinto a su hermano; se siente identificado, se asimilan. Éste odio mueve las letras y el bolígrafo, se despierta la inspiración.
Comienza a escribir. La melancolía que le infunde la Sonata Claro de Luna le ordena escribir algo sumamente familiar:
“-Papá… Papá… ¿Me escuchas?… Por favor… Te quiero… Pero… Por favor…
Su corazón se ahoga, su mente se bloquea, el impacto produce el desmayo, ya la música fraternal dejará de ser tocada. Él lo amaba. Siempre le enseñó, le entregó cariño, lo cuidó, le mostró su música… Pero el recuerdo le produjo tanta melancolía, que ahora, 10 años después, escribe un libro y conversa con su hermano, que heredó la musicalidad de su padre en la forma de ser y de vivir. En este ataque de melancolía, se frustra… Su hermano le habla, pero él no escucha. Hablaban de su Padre, de su Madre, de la hermandad distorsionada que trataban de estabilizar, de las peleas que protagonizaban en la historia de los Webster Correa… Pero no se acuerda… El temor, el odio, la ira, el horror, la nostalgia, la melancolía, la tristeza, la turbulencia, el nerviosismo, la duda, el bien, el mal y la música transforman su mente, toma la pistola del primer cajón de su escritorio y se dispara frente a su hermano.”
Julián se maravilló, le surgió una alegría totalmente desconocida para él y fue corriendo para contarle a su hermano de su inesperada visión. Hace mucho tiempo que trabajaba su libro, pero ahora que dictó las últimas frases, podría hacer que la gente sintiera lo mismo que él cuando escuchaba el virtuosismo de Santiago, una alegría seguida de una inspiración excepcional, que la música escribe ahora con el lápiz y el papel.
Iba a tocar la puerta del cuarto de su hermano, cuando se le adelantó otro toque, un sonido fuerte, amenazador. Julián se estremece, la alegría se oculta tras su alma y abre la puerta principal de la casa. La luz entra como una alfombra que es pisada por el fiscal, quien venía a estremecer de nuevo la asustada arquitectura contemporánea del hogar de los Webster Correa. Habló con una naturalidad diabólica: -Señor Julián Webster, se le ha terminado el plazo para completar el pago del crédito de su casa, lleva muchos meses sin finalizar la última cuota. Si no paga el resto en una semana, se va de aquí.
Mientras hablaba, Santiago salió de su pieza y escuchó atentamente. Julián sintió una flecha enterrada en su alma y la ira le empezó a carcomer el corazón.
- Bueno Santiago, así es como vivo de tus caprichos, tengo que saludar a los gastos de los conciertos, tus fiestas, tus inversiones musicales, tu alegría…
- Julían –interviene airadamente Santiago-. Yo simplemente quiero que seas más abierto a los demás y a la música, pero como no me haces caso, te has ganado el rechazo de la sociedad, y por culpa de refugiarte en la literatura de nuestra madre, te escapas de la verdad, deberías recibir a nuestro difunto padre y contagiarte de su música a través de mí, deja a un lado tus preocupaciones y tu literatura y siente la alegría y la música.
-El ver a mi papá enloquecer, me cambió la vida. Le tengo miedo a la locura, por eso sigo a mi madre, que murió en cordura. Quiero seguir así, quiero seguir cuerdo, quiero seguir cuerdo, quiero…- En un ataque de ira, se frustra, deja de escuchar a su hermano, pierde el sentido, la conciencia, la locura se apodera de su alma ahora; el rechazo, el dinero, la soledad, la sociedad, el desahogo, la impotencia, la crisis, la reacción, la verdad, la obsesión y la literatura transforman su mente, toma la pistola del primer cajón de su escritorio y se dispara frente a su hermano y al cobrador…
* * * "Si la llave de sol hubiera ordenado las partituras, el papel, las letras y la inspiración, el camino se habría iluminado y las almas despejadas".
Santiago se entristeció, le surgió una melancolía totalmente desconocida para él, dejó el escritorio de su hermano, su casa recuperada y fue a su concierto, donde Urrutia fue el director y no hubo solista en piano.
Samuel Baquedano.
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